La palabra del rey

Había un hombre que se reveló ante un poder que se creía imposible de derrumbar, cuando lo logró, estableció su reino por aceptación popular, el pueblo lo llamaba “Rey”, fue un héroe en su época. Tras unos cuantos años, su soberbia fue creciendo, tanto que temía de sus propios amigos, a muchos les mandó a cortar la cabeza, cada palabra era una orden que se debía cumplir, por mucho tiempo acabó con aquellos que pensaba podían ser inconvenientes para su reino.

Vivía un joven hijo del ministro del rey, quien era rebelde en contra del reino, pero el rey no consideraba importante la rebelión del joven, simplemente lo reprendía y lo perdonaba, sin embargo, cuando el rey conoció el sentimiento del joven, le mandó a cortar la cabeza, fue así como el padre del joven con todo el dolor, tuvo que cumplir la orden, redactar la respectiva acta y el rey así, firmó su palabra.

El joven fue decapitado, era el amor de la hija del rey, éste no aceptó tal sentimiento, así pasaron unos cuantos años más, la soberbia del rey crecía y cada día se redactaban actas para cortar la cabeza de quienes podrían ser peligrosos para el reino, cada acta era firmada por el mismo rey, el ministro, a pesar de los años transcurridos, añoraba la vida de su hijo, porque por sobre la razón y fidelidad al reino, el amor nunca es doblegado.

Cierto día surgió una denuncia por parte de la hija del rey, el ministro del rey la tomó, se la comunicó al rey y sin dudar, el rey ordenó, fue así que se redactó el acta de decapitación para quien había cometido el pecado y el delito, finalmente el rey la firmó, la denuncia se basaba en el robo de un corazón, el rey tan ostentoso, asumía que algún collar de la princesa fue robado, el día de la ejecución, el rey asistió.

Cuando llegó al lugar, su ministro, quien redactaba y seguía cada una de las decapitaciones, ordenó al rey ingresar por donde siempre ingresaban los acusados, pero el rey con mucha ironía y seriedad le reprochó tal orden, pero el ministro insistió, es pues que leída el acta al rey en ese momento, éste se dio cuenta que había sentenciado su propia pena de muerta, su propia ejecución, su propia decapitación.

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Humano con todos los defectos y virtudes que vienen de fábrica.
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